En la cultura musical del archipiélago existe un instrumento poco convencional pero cargado de historia y simbolismo: la quijada de caballo, conocida en las islas como jawbone.
Aunque a primera vista pueda parecer un simple hueso, en realidad se trata de una pieza fundamental dentro de las expresiones tradicionales que acompañan el baile, la oralidad y las celebraciones isleñas.
Su origen se remonta a las comunidades afrodescendientes de la región caribeña, donde la creatividad y la necesidad de generar sonidos rítmicos llevaron a transformar objetos cotidianos en instrumentos musicales. La quijada, al ser limpiada y seca, guarda aún sus dientes; al frotarla o golpearla, produce un sonido áspero, vibrante y único, similar a una maraca metálica o a un güiro profundo.

En San Andrés y Providencia, este instrumento se ha escuchado en fandangos, rondas y festividades comunitarias, siempre acompañado de tambores, maracas y el inconfundible ritmo del mentó o del calipso. Más allá de su sonido, la quijada representa la resiliencia creativa de la cultura isleña, que encontró música en lo simple y la convirtió en parte de su identidad.
Hoy, aunque las nuevas generaciones pueden sorprenderse al verla, la quijada de caballo sigue siendo un símbolo de cómo la tradición oral y la herencia africana mantienen vivas las raíces musicales del archipiélago. Escucharla es conectarse con un legado sonoro que no está escrito en partituras, sino en la memoria de los mayores y en las celebraciones de la comunidad.

