Por: Laura Restrepo
En el corazón de Providencia, una pequeña isla cargada de historia y cultura, Maritza C. Howard Newball se ha convertido en una guardiana de las tradiciones artesanales.
Hace algunos años, su vida dio un giro cuando dos instructores de San Andrés llegaron a dictar un curso de manualidades típicas.
En aquel entonces, el taller artesanal de Providencia estaba en plena actividad, y Maritza, junto a otras mujeres, aprendió no solo a elaborar casitas típicas, sino también, barquitos utilizando la rama de los cocoteros. Estos cursos no solo les brindaron una oportunidad de aprender nuevas habilidades, sino que despertaron en ellas un profundo amor por la preservación de las costumbres locales.
Sin embargo, el tiempo y los desastres naturales —huracán Iota—, interrumpieron su labor. La devastación del huracán dejó en el pasado muchos de los esfuerzos iniciales, incluyendo el trabajo artesanal que con tanto empeño habían creado. Maritza hizo una pausa, pero su pasión por las manualidades y la cultura raizal no la abandonó. «Las hago porque son típicas, bellas, y ya se están desapareciendo», comenta con nostalgia. Hace unos meses, decidió retomar este legado, esta vez desde su propia casa, donde las manos ágiles vuelven a dar vida a piezas únicas que reflejan la identidad de Providencia.

Maritza no trabaja solo por un sentido estético o comercial, sino por la profunda convicción de que estas piezas cuentan una historia. Cada casita, cada objeto, es un fragmento del pasado de la isla, de las raíces que están en peligro de perderse. Para ella, estas manualidades no son simples adornos, son símbolos vivos de una cultura que lucha por no desvanecerse ante los embates del tiempo y la modernidad.
Con la mirada puesta en el futuro, Maritza planea expandir su taller al local de artesanías en Pueblo Libre, un espacio donde su trabajo podrá ser apreciado por locales y visitantes. «Hay que seguir adelante con todas las muestras de nuestra cultura y buscar los espacios para que no se muera», dice con determinación. Su esfuerzo no es solo personal; es un llamado colectivo a proteger el legado de Providencia, a honrar las tradiciones y a asegurarse de que la cultura raizal no se quede en el olvido.

Esta labor no es únicamente artesanal, sino que lleva consigo una misión educativa. Maritza sueña con que las nuevas generaciones se interesen en estas técnicas y las mantengan vivas. En un mundo donde las influencias externas cada vez penetran más en la vida insular, ella defiende con firmeza la importancia de preservar lo propio, lo que ha sido transmitido por generaciones y que ahora depende de personas como ella para sobrevivir.

