Quienes caminan hoy por las tranquilas playas de San Andrés y Providencia difícilmente imaginarían que, hace más de seis décadas, el mar que hoy invita al descanso rugió con una fuerza descomunal. Fue el 29 de octubre de 1961, cuando el huracán Hattie puso a prueba la fortaleza del archipiélago y dejó una huella imborrable en la memoria de su gente.
El cielo se cubrió de gris y el viento sopló con tal intensidad que parecía querer llevarse todo a su paso. Las olas golpeaban los arrecifes con furia y la lluvia caía sin tregua. Aun así, los isleños resistieron. Con miedo, sí, pero también con esperanza. Y cuando la calma regresó, lo hicieron de pie, ayudándose unos a otros, reconstruyendo sus casas, sus vidas y su fe en el poder de la comunidad.

Aunque el ojo del huracán no pasó directamente sobre las islas, Hattie fue uno de los ciclones más fuertes del siglo XX en el Caribe occidental. Los registros hablan de vientos que superaron los 130 kilómetros por hora y una presión atmosférica mínima de 991 milibares. En Providencia, el mar avanzó tierra adentro, mientras que en San Andrés la infraestructura agrícola y turística sufrió daños severos. Sin embargo, contra todo pronóstico, no hubo pérdidas humanas, un hecho que muchos aún consideran un milagro.
Hoy, cada ráfaga de brisa que acaricia el mar de los siete colores es un recordatorio silencioso de esa historia. Hattie no solo probó la fuerza del viento, sino también la del alma isleña, que aprendió a renacer entre la fe y la esperanza.
Porque aquí, en este paraíso, la resiliencia también forma parte del paisaje.


*Fotos tomadas de la página de Facebook Old San Andres and Providence.
*(Nota elaborada con información histórica de archivos locales, datos climatológicos y análisis de vulnerabilidad del Archipiélago.)

